Ana, cariño, avísame cuando los del servicio traigan las chaquetas de guardiamarina del Dúo Dinámico en Botón de Ancla. Una es para mí y la otra para Alejandrín. Nos haremos una foto en cubierta antes del mediodía, no sea que la mar se ponga rizada y el estómago nos dé un revolcón. Por mí no te preocupes, pues soy lobo de mar. Ya sabes, en Quintanilla, cruzaba la charca de las ranas con brazada vigorosa, al más puro estilo Mark Spitz. Sin embargo, Alejandrín es un intelectual de despacho, tipo Azaña o Calvo Sotelo, de los que andan todo el día dándole vueltas al seso como si fuera un molinillo de café. Yo también me lo exprimo, por supuesto. Si hay que exigirle un esfuerzo al intelecto, ahí me tienes, en mi despacho, a régimen de bocata y agua las veinticuatro horas del día. Pero, a diferencia de Alejandrín, estoy más bien en la línea de Ignacio de Loyola o de El Ausente. O sea, de los tipos duros que reposan la cabeza en la cruz y escriben versos con la espada. Alejandrín se nos ha puesto algo barrigón, es cierto. Pero barrigón también era Don Francisco y nada ni nadie le impidió salvar a España. Por cierto, Ana, he escrito unos versos marineros que deseo que escuches. Atiende: «'Sal, negrita boreal,/ sal desnuda y negra, sal,/ que salgo yo del canal!». ¿Que no me chulee, porque si salgo con la barquita del puerto, me da el mareo? Vamos a ver, ¿que este poemilla te sabe a Alberti..? Mira, Ana, Rafael y yo bebemos en la misma lírica, esto es todo. Pero nos diferencia la rotundidad del verso. Por ejemplo, ahí donde él dice: «mi corazón repartido/ entre la ciudad y el campo». Yo digo: «mi corazón repartido/ entre la ciudad y la Casa de Campo». Ya sabes, por lo de mis entrenamientos bélicos con la cacerola de los macarrones. La Casa de Campo tiene una importancia capital en mi formación castrense. Como la tiene el mar. Ten por seguro que sin una formación marinera adecuada como la que adquirí en la charca de las ranas, Perejil no sería nuestro. Fíjate cómo Josete Zapatero se ha dado cuenta de ello y se viene a Menorca a echar la caña, en vez de pasarse las vacaciones dándose un atracón de mantecadas de Astorga. Después de mi éxito en Perejil, todos marineros. «Con diez cañones por banda/ viento en popa, a toda vela...», etcétera, etcétera. Don Francisco tenía claro que un imperio se forja en el mar, de ahí que cimentara su prestigio desde eAzor. Se hacía mar adentro, y atún al caldero. Se asomaba al río, y trucha al cesto. Nada de pequeñines, sino pescadotes como Moby Dick. Lo de los pequeñines se queda para el Señor en Cafarnaúm, pues no iba a meterles, a los invitados, un pedazo de cachalote en el plato. O para las pescaderas, que van con su cesto pregonando la mercancía con singular donaire español. Ya sabes: «Desde Santurce a Bilbao/ vengo por toda la orilla/ con la falda arremangada...», etcétera. No, Ana, el Señor no se arremangó la falda y se echó a la calle a vender los restos del banquete. No me consta. El Señor se limitaba a pescar, como Don Francisco. 'Vete a saber, tú, cuál de los dos era el mejor! Probablemente Don Francisco, no en vano era el Hombre 10. Ya me entiendes, lo de Bo Derek en mujer. ¿Que si tuvo un lío, Don Francisco con la Derek? Ana, cariño, no ofendas la sagrada memoria de las instituciones. Déjate de mezquindades. No hay constancia de que a partir del treinta y seis se bajara los pantalones ni para hacer pipí. Al menos así lo afirmó Pilar, la hermana de El Ausente. O sea, que Don Francisco sólo tuvo ojos para España. En fin, me retiro a las soledades de popa para enhebrar el verso último. Empezaré por algo así: «'Si me escapara de casa/ y fuera al mar por retama...!» ¿Que, oyéndome, se te ha ocurrido que puedo ir a la panadería a por los croissants? Lo siento, Ana, pero yo como Moscardó: no abandono el puesto de mando ni ante un eventual bombardeo. Le he ordenado, a Jaime Matas, que me mantenga al corriente de lo que pueda pescar Josete cuando se ponga a ejercer de Popeye en alta mar. Aunque, tanto me da la pieza que pesque. Desde luego, la mía será mayor. Si es preciso, me pongo en plan bucanero y asalto la lonja. A mí, los rojazos, no me las dan con queso. La pesca de altura es patrimonio de la derecha. Además, ya me dirás, qué va a pescar, Josete, siendo leonés, si no opta por echarles el anzuelo a los gorriones que surcan el azul del cielo.
En el vaixell, Josemari&Ana