Ana, cariño, conviene que pensemos seriamente en la oferta que nos hizo George. Ya sabes, un chiringuito en Miami en donde vender hots dogs y tortitas de maíz. Y, por supuesto, tortilla española. El Padre Serra españolizó California con la cruz y nosotros con los huevos. Ya sabes: todo medio es lícito para vender patria. Sobre todo 'que me lo digan a mí...! De todas formas, Ana, me siento desencantado. Si España no nos quiere, España no nos merece. No, Ana, no soy derrotista. Recuerda al clásico: «Polvo, sudor y hierro/ el Cid cabalga». Pues eso, yo comparto su soledad de soledades. ¿Que de cabalgar nada, que viajo en Rolls con aire acondicionado? Cierto. Pero ni en llegando a Quintanilla anuncian los gallos mi presencia. En cambio en América cotizo al alza. El chiringuito podríamos dejarlo en manos de Alejandrín, que lo del negocio le va en cantidad. Yo seguiría con mis conferencias. Además, huelga decirte que alguna clase práctica me saldría en West Point. Te lo explico. Estoy convencido de que aquel vídeo que me hiciste en plan casero y que titulé «Asalto con la cacerola de los macarrones y bayoneta calada al sociata sentado en el banco de piedra que hay bajo la gruesa encina de la Venta del Batán», interesaría muchísimo a los cadetes del Cono Sur, siempre tan bravamente dispuestos a pararle los pies a la rojez. Te lo comento, lo de América, como posibilidad. España me duele, Ana. Burla, burlando, Zapatero nos ha sisado Madrid. Y Gallardón, sin enterarse. En dos días volveremos a lo de la Puerta de Alcalá. Ya sabes, la movida y todo aquello del Viejo Profesor. Para que me entiendas: ni en los discos de pasta puede oírse a Celia Gámez. Ya te lo he dicho: soledad de soledades. Si no me voy con los Ultrasur, no hallo el calorcillo de los camaradas. Y la verdad, Ana, para irme tras el Madrí para tragarme los goles del Getafe, bien estoy en casa versificando. Ana, cariño, recuerda mis versos más sentidos: «Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar». Que no, Ana. Jamás han sido de Jorge Manrique. Los compuse aquella tarde de otoño, en Burgos. Había llovido y yo metí el pie derecho en un charco. Recuérdalo: «Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar». Y la de alguno, al estercolero. ¿Que por quien lo digo? Por Don Francisco. Con lo que le costó entrar en Madrí y los operarios de Fomento se lo llevan para Alcorcón. Ha dejado Madrí de madrugada y a escondidas, como lo hiciera Don Alfonso cuando lo de la horda roja del treinta y uno. Desde ahora, Ana, los buenos españoles estamos en deuda con la historia. La de bombardeos que tuvieron que realizar los alemanes para que Don Francisco pudiera asomarse al balcón de El Pardo. 'La de moritos que por un sueldo de nada dieron su vida por Dios y por España...! Y total ¿para qué? Para que a Don Francisco le sorprenda la primavera en un almacén. Qué sí, Ana. Ya lo sé. Es cierto que Dios levantó un imperio desde el pesebre, pero Nuestro Señor tenía toda una vida por delante. De Don Francisco, en cambio, no se pueden esperar milagros. Seamos realistas. A los héroes en piedra, si se les descabalga, se les descabalga para la eternidad. Hagamos un concienzudo análisis de los hechos. Y el análisis es cruel. Sin moritos ni alemanes, la derecha nos ha fallado. Así de claro. Fraga está desolado. Ya no sabe en quién creer, lo cual es grave. Si la derecha me falla, me ha dicho, ¿cómo voy a creer en los ángeles que siempre han sido de derechas? Y yo, aún pudiendo, no he querido alimentarle falsas esperanzas. Mire, don Manuel, le he respondido. Hágame caso: dése un atracón de percebes que si allí arriba dominan los rojos, igual se tiene que echar al monte con lo puesto y, ya sabe, no hay cruzada que dure menos de tres años. ¿Que puedo equivocarme? Mira, Ana, no sé si al pasar por Quintanilla Dios me hizo la gracia de la lengüecilla de fuego, pero lo cierto es que me equivoco muy de tarde en tarde. Me equivoqué con González, lo reconozco. Me cansé de repetirle váyase señor González, váyase señor González, y ahora resulta que es de los nuestros. Nadie como él ha defendido a Don Francisco con mayor arrojo. Será que a la vejez saca a relucir su corazón de balilla. Rouco me lo ha comentado muy favorablemente. Opina que con una tanda de ejercicios espirituales y varias sesiones de la COPE, González se nos sube a los luceros y no le baja ni la grúa del Windsor. Confieso que me ha emocionado. Tanto es así que si está por la labor de salvar a España, tendrá su oportunidad. Porque Madrid huele a Miaja por todas partes. Aspira hondo y lo notarás. Sí, sí, Ana, no exagero. Estamos volviendo a los viejos tiempos. La gente honrada de «Paco» en los terrados, mientras los intelectuales homenajean a Carrillo con champán francés. Hay que hacer algo, Ana. ¿Llamar a los moros? No. Los moros de ahora se meten en la construcción y sólo cruzan el Puente de los Franceses para renovar los papeles en los Ministerios. No obstante, insisto en lo dicho. Hay que hacer algo. Don Francisco no ganó la guerra para que le metieran en el cuarto de las ratas. Si Mola aún estuviera en Pamplona, hablaba con Mola y todo se arreglaba. Pero no está Mola en Pamplona ni Yagüe en la legión. Tempus fugit, Ana. Y no: esta vez te equivocas. No lo dije yo ante una puesta de sol. Creo que fue Homero cuando se le agotaron las pilas del reloj.
Tempus fugit, Josemari & Ana