Ana, cariño, envíale unas flores de mi parte a la Virgen de la Paloma. Y no te digo más, imagínate el motivo. En efecto, Ana, George y yo nos vamos a la guerra y en tales circunstancias es recomendable no ser un desconocido en los cielos. No, Ana, no te me aflijas. Más bien regocíjate en la gloria, porque te garantizo que yo y la cabra entramos en Bagdad. Así de claro, Ana, así de claro. Después de lo de Perejil, incluso George confía más en mí que en Colin Powel. No puedo fallarle. Ni a él ni a esta juventud española que ha tomado conciencia de que nos jugamos el futuro en Iraq. Hoy he tenido conocimiento de una tonadilla que cantan a coro los niños por las calles de Madrid. ¿Tú sabes aquella tan preciosa del general Barceló? «Si el Rey de España tuviera/ dos como Barceló/ Gibraltar fuera de España/ que de los ingleses no». Pues la misma, Ana. Sí señor, la misma. Aunque con distinta letra, es obvio. Dice: «Si el Rey de España tuviera/ dos como Josemari/ se montaba un charivari/ mejor que el de Llapisera». ¿Qué te parece? Por cierto, tú que te pasas el día entre libros, ya me mirarás en eReader's Digest quién es este tal Llapisera. Tengo la impresión de que fue un general carlista que murió invicto. ¿Que fue un payaso? Oye, Ana, mírate en lo que dices. Hazme el favor: consulta eReader's y luego opina sobre seguro. ¿Que no me enoje? Si no me enojo, cariño, pero a veces hasta te pareces a Carmen Romero que la gozaba viendo cómo dejaban en bragas a su marido. Bueno, perdona mi suspiro. Ya sé que nadie me admira más que tú y que has bordado en mis pañuelos de campaña tu nombre y el mío. En justa correspondencia, podrás saborear más que nadie la gloria de saberme parte del romancero popular. Si algún día el pueblo de Madrid decidiera perpetuarme en bronce, me gustaría pusieran mi pedestal junto al del Héroe de Cascorro. Te lo sugiero por si acabas yendo en la lista de las municipales. Ya sabes, uno llega al poder y cuando se tienen aprobados los presupuestos siempre faltan ideas para invertirlos. En fin, ya me contarás. Yo iba a pedirte otro favor. A partir de ahora y hasta nueva orden, la cazuela de los macarrones pasa a formar parte de mi ajuar de campaña, con que si Anita tiene un antojo que se los cocine la suegra. ¿Que con un poco de Fairy queda como nueva? Mira, Ana, el tupé me huele una semana a Pastas Gallo, lo sé por experiencia. Además, la necesito para el entreno diario, a la cazuela. Mañana hemos de poner en marcha la operación Patito Feo. Me llevo a los ministros a cruzar el Manzanares por la charca de las ranas. ¿No la conoces? O la saltas o el lodo te llega hasta las rodillas como a un gallego cualquiera. ¿Que mejor que haga ejercicio en la Casa de Campo? No creas, allí entrenan todos los torerillos y a mí la España de pandereta no me cae bien. Que no, Ana, que no. Que son unos espabilados. Que así que me ven correr con la cazuela puesta me dicen que por qué no uso un gorro vikingo y les facilitaría su entreno. Y hasta aquí podíamos llegar, Ana. Estoy para servir a todos los españoles, pero con reparos. O con muchos reparos. Yo voy a lo mío. O sea, al combate. Y ellos a lo suyo, que es darle cuatro pases a la vaca lechera. No confundamos. Uno de los grandes defectos de los españoles es la confusión de lo accesorio con lo esencial. Accesorio es darle verónicas a la susodicha vaca. Esencial... ¿Qué es lo esencial? ¿Qué es, ahora mismo, esencial para los españoles, Ana? No me decepciones. Hacer una guerra, mujer. Ni más ni menos que hacer una guerra. La semana próxima todos los españoles recibirán una carta en la que les explicaré la necesidad espiritual y ética de abrir un frente de combate en Iraq. Ya la estoy meditando. Me remonto a Pedro El Ermitaño y a los primeros cruzados y acabo valorando el enorme prestigio que supone la posibilidad de que Bush nos considere su brazo invicto. ¿Cómo vamos a defraudarle? Desde que supo lo del garrote vil en el museo de Cela, se ha hecho traducir todas sus obras. Y el otro día me telefoneó porque quería noticias sobre la matanza del cerdo. Sabiendo de sus inquietudes, Ana, estoy convencido de que enseguida que sus múltiples ocupaciones se lo permitan se convertirá en un hispanista de lujo. Al tiempo. Y otra cosa. Antes de entrar en combate voy a pedirle a George un empleo para Alejandro. Ya sabes, de asesor en alguna multinacional. No, Ana, no: no he dicho de aviador en una nave espacial. Alejandro da una retirada a los marcianitos, de acuerdo. Pero no: conociéndome como me conoces, debieras de saber que jamás permitiré que mi yerno tan siquiera se monte en una burra de feria. Como tampoco me lo llevaría de entreno al Manzanares. Alejandrito es un intelectual de despacho, con su barriguita, siempre ojito avizor como Kissinger. En conclusión, hay que valorarle en dólares. Quien me ha pedido para venirse a Iraq, junto a mí, es Zapatero. Dice que tiene derecho como jefe de la oposición, etcétera, etcétera. Pero ese conmigo no va ni a por churros. Fíjate lo que te digo: ni a por churros. Ya puede patalear medio parlamento que no transijo. Imagínatelo en tierra de nadie, le divisan desde los cuatro puntos cardinales. Como si oyera al enemigo: mirad, allí está la avestruz. Y 'bumba! Bueno, lo dirían en moro, pero el zambombazo nos llegaba, te lo aseguro. Y yo, si estoy agazapado a su lado ¿qué quieres que te diga, Ana? Me trago el polvo. Saldré para España más moreno que los mejillones de Arosa.
Llorenç Capellà, escriptor